Viajar a dedo

Viajar a dedo, primer experiencia

Partí de Taupo por la mañana con algo de miedo ya que aún no estaba seguro como funcionaba esto de viajar a dedo. Además mi destino era muy específico ya que se encontraba en un pueblito llamado Wakapapa adentrándose en la montaña Tongariro. Comencé a caminar con pocas expectativas. Me generaba algo de vergüenza sacar el dedo, incluso no sabía de estar en la ubicación correcta, púes, estaba en medio de la ciudad caminando por la ribera del lago Taupo y no sabía si era mejor hacerlo por la ruta. Decidí sacar el dedo ¿Qué podría perder? Pasaron 1, 2 y 3 autos. Y lo único que había perdido era la vergüenza. Pasaron 10 minutos y un auto freno. ¡Puufff! no lo podía creer.

Era una camioneta de un modelo algo antiguo y bastante sucia. Dentro había un hombre que parecía un cazador (sombrero y una chaqueta). El hombre pasaba los 50 años, y le faltaba gran parte de la dentadura. Era un estilo cocodrilo Dandy… pero viejo. Sacó la basura que había en el asiento del acompañante y me senté en él. El interior del vehículo apestaba muy fuerte a perro. Detrás en el baúl había un Dogo, típico perro de caza. El viejo tenía un aire algo excéntrico y misterioso, el asunto olía al comienzo de una película de terror yanqui, y empezaba a cuestionarme si había sido una buena idea subirme.

El hombre comenzó a contarme de su vida, él me dijo ser descendiente directo de uno de los guerreros más poderos, lider y gobernante, de los Maoríes… Aunque al continuar la charla su padre era irlandés. Solía reír bastante de lo que yo decía, mirándome con unos ojos que proyectaban cierta soledad y mostrándome su sonrisa con pocos dientes. Me contó que le gustaba la caza y que formó parte del ejército de Nueva Zelanda durante muchos años. Menciono varias veces como los descendientes de Maoríes eran guerreros natos y que más de un cincuenta por ciento del ejército del país permanecían a esta raza.

Luego me habló sobre los tatuajes, él llevaba varios y tenía la idea de hacerse uno en toda la cara. Yo quedé sorprendido, a mi me parecía demasiado viejo como para hacerse algo así, pero a fin de cuentas era mi forma de verlo. Le pregunte si los tatuajes representaban en el pasado a los guerreros más antiguos. El hombre sonrió sorprendido exponiendo su media sonrisa, y con algo de exaltación exclamó que sí. Parecía súper contento por mi interés hacia los maoríes.

Comenzó hablarme sobre cuando estuvo en la guerra. Su cara se tornaba más seria y su voz se volvía grave. Me insinuó que tuvo que matar gente. Sentí miedo. Un leve calor subió en mi cuerpo. En ningún momento lo dijo directamente, pero decía cosas tales como: “A veces uno llega a hacer cualquier cosa para sobrevivir” o “si no es él sos vos”. Yo no sabía que decir pero mi incomodidad iba en aumento. Él continuó hablando sobre que a veces eran males necesarios que había que hacer, pero que la guerra traía la paz. Algo que para mi sonaba paradójico. 

Él hombre continuó hablando sobre cómo los soldados de Nueva Zelanda eran vistos, en la segunda guerra mundial, como aquellos soldados que podían hacer de todo, con un alto grado de supervivencia. Me dijo que fueron de estos soldados donde nacieron las llamadas fuerzas especiales. Hasta el momento no tenía idea de cuan cierto era todo lo que decía, pero no tenía duda de que era un hombre muy orgulloso de su pueblo.

Conto que después de años en el ejercito, comenzó a trabajar en la guardia de barcos transatlánticos, y me hablo de historias cuando custodiaban el barco de ataques piratas. Me generó curiosidad, le pregunte si tuvieron algún combate contra estos individuos. Respondió que nunca pasó más que pequeñas escaramuzas, donde estos piratas se intentaban escabullir durante la noche para sabotear el barco. “Esos Tipos eran muy inteligentes”, afirmo el viejo con gran seriedad y como si les tuviera mucho respeto. “Sin duda tenes historias para mantener despiertos a tus nietos toda la noche”,exclame. El viejo estalló de la risa mostrando sus pocos dientes y afirmo que así era.

La conversación derivo en varios temas. El estaba viajando a casa de su hermana, quien había sido abandonado por su marido luego de veinte años de matrimonio, al irse con otra mujer. Me dijo que si encontraba al maldito bastardo lo iba liquidar, mientras comenzó a reír como desquiciado. Yo reí nerviosamente, no sabía si hablaba enserio.

Le conté que conocía la fama de los Irlandeses por su manera de tomar alcohol. Lo afirmó riéndose, y me habló de que su padre, quién tenía problemas con el alcohol, solía golpearlos a él y su madre. El hombre comenzó a sensibilizarse. Me habló sobre el día en que su madre se canso y escaparon de la casa durante una madrugada adentrándose por pastizales en la oscuridad. Confesó ser uno de los días más tristes y duros de su vida. Yo ya estaba atónito. Comenzaba a pensar que no podía sacar un tema de conversación sin tocar situaciones tan delicadas.

Estando cerca de la montaña Tongariro me ofreció de parar y sacar algunas fotos ya que la vista era muy buena. Sin duda, acepte. Él nombre abrió la puerta del baúl del vehículo para que el perro bajara. Me aseguro que su perro solo entendía Maori. El perro de caza se lanzó corriendo hacía mí, pero con la lengua afuera y moviendo la cola. Jugué un rato con el oloroso animal, y rápidamente, lo tenía bajo mi poder con una mano rascandole la panza.

Saqué un par de fotografías fotos. Quería algunas donde estuviera yo presente con el escenario detrás. El viejo no lucía como un buen fotógrafo pero le pedí si podía tomarme algunas imágenes de todas formas. Pensé que iba a sacar varias donde me mutilaría partes de mi cuerpo, pero para mi sorpresa sacó tan sólo dos fotos y bastante buenas. Lo felicité por como las sacó y me dijo que tenía una idea de cuándo estuvo en la armada.

Luego de un rato, subimos nuevamente al auto y terminó dejándome a unos 10 km en un camino que iba directo a la ciudad wakapapa, no tenía idea de cuánto podía demorarme en parar otro auto. Me ayudo a bajar mis mochilas y fui a despedirlo. Él se me acerca mientras me sonreía y toca su nariz con el dedo índice. Yo no entendía. Se me sigue acercando y nuevamente toca su nariz. Se coloca cara a cara. Puta madre dije, así deben despedirse los Maoríes. Acercaba mi nariz con algo de temor, no vaya a ser que también tengan la costumbre de dar un beso. Me incline un poco manteniendo mi espalda erguida. Rozamos unos dos veces las narices y rápidamente me tiré para atrás. No sé, me resultaba raro. El rió, percatándose de mi incomodidad. Me despedí “normalmente”, con la mano. Él rio nuevamente y se fue. 

No me cabía duda de que este hombre y yo veníamos de dos realidades muy diferentes, y jamás supe que tan reales fueron las historias que me contó, pero sin duda hizo que mi primer experiencia viajando a dedo sea una de las más interesantes para contar.

wakapapa

Cuando empecé a caminar a Whakapapa había un auto muy moderno y limpio parado a unos veinte metros. Al acercarme, alguien sale del vehículo sin que yo hubiera hecho nada. Era un hombre mayor de más de setenta años. Directamente abre el baúl y me mira. “Te vi bajar del auto y que ibas al pueblo. Puedo llevarte”. Pronunció el anciano. Con gran sorpresa, acepte y agradecí, dejando mis cosas en el baúl. Pero esta… esta es otra historia.

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