trabajo en australia

Otra noche larga

– Una noche de trabajo un obrero se metió en un baño que no estaba disponible para nosotros. Fue despedido.

– Otra noche un obrero desarmando un artefacto junto a la ventana, rompió por error el vidrio que costaba $25000 dolares. Fue despedido.

– Un obrero estaba distraído rompió un fire sprinklers (rociadores automáticos). Fue despedido.

Era martes, en otra noche de trabajo en Chifley tower. Nos juntamos todos como era usual en la puerta de entrada del edificio donde firmábamos nuestra entrada. Como era habitual, nos habíamos despedido hacía apenas doce horas atrás, por lo que todos sólo habíamos dormido algo, comido, y vuelto al trabajo. Eso era básicamente lo que hacemos. Fue ahí en la fila, cuando le dije a uno de mis compañeros, con un poco escepticismo: ¡Hoy va a ser otra larga noche!

Para mencionar algunas de las personas con las cuales trabajaba, diré que solía tener mayor afinidad con los dos chilenos Iván y Rodrigo, uno era ingeniero en construcción y el otro agrónomo. Luego nos encontramos con un sujeto llamado Brendon, que tenía unos 36 años, australiano, quien me dijo que jugó durante 12 años al rugby profesional para el equipo italiano Benetton Treviso que participó en la Brendan Magnus League y en la Heineken Cup. Es como si tuviera al famoso jugador de fútbol argentino Martín Palermo trabajando a mi lado. Por otro lado, estaban los supervisores, uno era Thong, que era la mano derecha del dueño de la empresa. Él siempre estaba al tanto de lo que pasaba, y con los nervios de punta. Era quien se encarga de mantener “felices” a los trabajadores. Cuando me pasaron su nombre me imagine un Asiático, pero él era australiano, hijo de vietnamitas, su rostro era completamente asiático. El otro era Zack, también era australiano. Él era un tipo joven y relajado, que no le gustaba su trabajo y no le importa lo que hiciéramos. Las palabras que siempre escuchaba decir a ambos eran: “Fuck”, “Fuck you”, “Fuck your mother”, and “Fuck all your family” (Mierda o hacete coger). Y era un hecho que en poco tiempo se te pegaban esas palabras ya que trabajamos 12 horas todos los días junto a ellos. Podría definirse como que era una especie de dialecto que usaban entre ellos y los más antiguos del trabajo. Luego nos encontramos con el último de los personajes que era el dueño de la compañía en la que trabajamos, llamado Zowen. Un negro grandote con cara de malo que parece un peleador de Mortal Combat (Una mezcla entre Jax y Goro, pero con dos brazos). A pesar de que en general se mostraba rudo y estaba súper estresado todo el tiempo, era respetuoso y simpático.

Me mandaron a mí y a un puñado de hombres al piso 36, continuando el trabajo que habíamos dejado el día anterior, un piso que me gustaba por ser tranquilo y porque allí estábamos solos. Recuerdo que cuando hicimos la entrevista para entrar en la empresa nos aclararon que usar el celular y escuchar música estaba prohibido durante la jornada laboral, exceptuando los breaks, lo cual, me parecía lógico. Pero en mi primer día de trabajo observaba cómo todos los que llevaban más de un mes, lo hacían de todos modos, por lo que me dio la pauta de que yo también podría hacerlo.

Así que ahí estaba, en el piso 36 con mi martillo, taladro y una palanca de hierro desarmando todo lo que se encontraba en mi paso. Escuchando música desde mi celular. Me resultaba muy curioso que había descargado en mi celular parte de mi música nacional de Gustavo Ceratti y Charlie García, y que justamente al día siguiente Cerati murió. Preferí no descargar nada de los Pericos y Los Babasónicos, sólo por las dudas. Realmente me estaba divertido el asunto de demoler, metiéndome en diferentes oficinas y desarmando principalmente todos los muebles que hubiera en ellas. Con el taladro, quitaba los tornillos que sujetaban los estantes a la pared, si había resistencia los quitaba con la palanca de hierro y por último con el martillo separaba las maderas. El martillo sin duda era mi favorito entre las herramientas, uno o dos golpes y sacaba de lugar las tablas sostenidas por clavos muy endebles. Me empezaba a sentir como Thor demoliendo todo lo que estaba en mi paso.

Fue cuando llegué a la cuarta oficina donde todo ocurrió. La oficina no tenía nada especial, era igual a las anteriores. Tomé el taladro, saqué los tornillos y cuando agarré la palanca de hierro sentí cierta resistencia del estante para desprenderse, nada fuera de lo común. El mueble tenía unos dos metros de ancho y llegaba desde piso hasta el techo. Había un tornillo que no había podido sacar ya que estaba falseado y giraba en sí mismo, por lo que era sensato encontrar mayor resistencia. Posicioné la palanca más arriba y apliqué mayor fuerza para sacarlo de lugar, y fue ahí que escuché una pequeña explosión. Un líquido extraño empezó a salir a una alta presión desde detrás del muro. Todas las luces del piso se apagaron, encendiéndose unas amarillas de emergencia que titilaban. La oscuridad cubrió el lugar, mientras una alarma comenzó a sonar.

El tiempo se congeló. Estaba parado enfrente del estante a medio quitar, con ambos brazos caídos a los costados de mi cuerpo, sosteniendo la palanca. Tenía la boca media abierta, proyectando cierta extrañeza en mis cejas. Mientras tanto, el líquido continuaba saliendo. No sabía si era agua u otra sustancia. Podía oler un olor extraño y seguía sin identificar el color del líquido. El escenario era apocalíptico, estaba en un piso 36, con pocos obreros y de noche. Mientras observaba ese flujo saliendo a toda presión sin entender el suceso. ¿Sería petróleo? ¡Imposible, cómo iba a haber petróleo ahí! ¿Había roto un caño de la pared? Las paredes eran muy delgadas, no se suponía que hubiera caños entre medio. Miré el techo y vi los extinguidores de fuego. “¡FUCKKKKKKKK! Rompí un fire sprinklers, voy a perder mi laburo!”

El tiempo retomaba velocidad, pero todo muy lentamente. El agua continuaba saliendo a toda presión del techo y rebotaba contra la pared, salpicando detrás del estante. Aún seguía parado ahí sin saber qué hacer mientras el cuarto se empezaba a inundar en la oscuridad. La alarma continuaba sonando. Me sentía en el Titanic y comenzando a sentir un miedo profundo, no sólo por perder mi trabajo sino por la gravedad de la situación que había causado. Miré a un costado, algunas de las paredes de los cuartos eran de vidrio lo cual me permitía observar a través. Podía ver a otro obrero en una oficina que estaba en diagonal a la mía. Era un tipo que llevaba más de diez años en el oficio, de una estatura baja, delgado, pelo rapado y con muchos tatuajes, aunque no recuerdo su nombre. Él era muy cooperativo con todos, sin embargo, pasó tres veces en prisión, y la primera vez fue por intento de homicidio. Fue sacado de su propia casa en una fiesta por atacar a otro hombre. Él levantaba su vista hacia mí, dejando por completo lo que estaba haciendo, sosteniendo la palanca de hierro en ambas manos. A su lado, en otra oficina, frente a mí, había otro hombre. Alguien a quien ya lo tenía de vista pero no era obrero. Un tipo de unos treinta años, alto y algo musculoso, con un carácter más intelectual. Parecía ser del área de construcción, quizás un arquitecto. Se lo solía ver sentado, escribiendo en su computadora. Él se levantó sobresaltado de su silla y se quedó perplejo ante la situación, como si fuera algo que nunca hubiera visto en su vida. Yo miró a ambos sin ningún tipo de gesto, simplemente estaba ahí parado con agua que me salpicaba levemente. Estaba perdido, no tenía idea de qué hacer. Ambos corrieron inmediatamente hacia mí.

El tiempo volvió en sí, a la velocidad normal. Ambos entraron a mi oficina, y yo salí de ella hacia el pasillo. Probablemente lucía como cachorro asustado. Miré a los costados buscando más ayuda pero estábamos solos y la presión con la que salía el agua era impresionante. Más miedo me acorraló, no tenía idea de cuán en riesgo estaba mi vida. ¿Y si el agua tocaba algún cable y caíamos todos electrocutados? Sentí como en mi cuerpo se activó la reacción de lucha o huida. Pensé en huir pero me quedé, volví a mirar en mi oficina, apenas se podía ver la situación detrás del vidrio mojado de manera algo borrosa como sombras moviéndose. Mi compañero ex convicto intentaba sacar él solo el mueble entero que yo había dejado a medias para poder ver de donde venía la abertura. La presión del agua continuaba golpeando el estante. Yo observaba cómo el gigantesco mueble se inclinaba hacia él y comenzaba a caer sobre mi pequeño y veterano amigo. El tiempo se volvió a detener. Veía a este flacucho, con una gran destreza y sus manos levantadas esperando atrapar el objeto en caída. Era una escena de David contra Goliat en una atmósfera terrorífica. En mi mente, me preguntaba: ¿Lo aplastará o la tiene tan clara para soportarlo solo?… Nuevamente el tiempo volvió a correr. Lo aplastó, sin ningún tipo de piedad, como niño a cucaracha. Su nuca golpeó el suelo y tenía el mueble por encima del pecho. Mis ojos se abrieron hasta un nivel que no conocía. La situación se agravaba aún más. No sólo el agua continuaba saliendo con ruidos ensordecedores sino que ahora no sabía si tenía alguien muerto debajo del mueble. Busqué ver si se movía. Se movió. Ahora sentí que me rodeaba un sentimiento de protección. El tipo que salió en mi ayuda estaba atrapado, corrí a levantar el estante pero otros tres obreros que recién llegaban, se metieron antes y lo sacaron. Lo movieron de ahí con el brazo ensangrentado, pero vivo.

Ningún supervisor se encontraba en el lugar, nadie sabía qué hacer. Inmediatamente me saqué los audífonos y los guardé, por más que la situación no se había dado por estar distraído, sin duda iba a dar esa imagen. Nadie me vio guardarlos. Realmente me preguntaba por qué carajo no cortaban el agua del lugar y le ponían fin al problema, pero supongo que no era tan fácil. Me costaba creer que fuera yo el protagonista de esta historia, era como una pesadilla de la cual no podía despertar. Jamás me había pasado algo parecido o no lo recordaba (lo cual era una posibilidad). Pasaron sólo unos instantes más hasta que el primer elevador subió y los refuerzos cayeron. Unos diez obreros más vinieron al rescate, pero a diferencia de los que ya estábamos arriba, era que sus caras se veían llenas de alegría y emoción por la situación. Escuché decir a uno de ellos mientras corría con gran entusiasmo: “En todo el tiempo que estuve acá, jamás pasó algo parecido”. Y era cierto, yo podía entenderlo perfectamente. Creo que si fuera uno de ellos me sentiría de la misma forma. Cuando empezamos el turno de trabajo, todos esperábamos la misma aburrida noche rutinaria de siempre… Y ahí estábamos, todos con una gran aventura, TRABAJANDO DE VERDAD. Pero mi situación era distinta, ya que era mi cabeza la que estaba bajo la responsabilidad de la situación. Era la que iba a ser cortada por el verdugo al final de la noche. Fui quién accionó el detonante de la bomba, y eso no me gustaba para nada. Sentía miedo. Pero a pesar de esa angustia que me causaba el sentirme causante de la situación, también sentía que les había regalado a todos ellos un día de emoción. Una chispa de alegría en el trabajo, de la que jamás se iban a olvidar (y yo tampoco). Eso me causaba un poco de satisfacción, dentro de tanta agonía! De repente, en mi rostro, se dibujo una pequeña mueca, algo parecido a una sonrisa, pero tan solo por un segundo. Luego la seriedad volvió a mi.

Comencé a escuchar “¡FUCK, FUCK, FUCK!” Thong y Sack habían llegado. Imaginen la gravedad de la situación para que el pajero de Sack estuviera preocupado. No iba a esconder que había sido yo, ellos aún no lo sabían pero también me era obvio que intentar ocultarlo no era una posibilidad. Pensaba decirlo cuando la situación se calmara y las preguntas comenzaran, hasta ese momento trabajábamos todos para frenar el agua y tratar de que no se filtre en el piso debajo. Pesé a esto, en mi cabeza no podía escapar la bronca que me daba perder tan rápido un trabajo que me había costado tanto esfuerzo conseguir.

Usábamos los tachos que teníamos para acumular el agua, tachos gigantes que se llenaban en un minuto. Yo estaba ahí, moviendo esos tachos y sacando el agua, preguntándome si me ponía a buscar otro laburo en Sydney o me movía para otros lugares de Australia. Más fastidio me daba, que hacía unos días había conocido a la alemana, la cual me gustaba. Yo trabajaba junto a un hombre llamado John, de unos 60 años. Le pregunte si me iban a despedir por tal suceso ya que él tenía sus años en la empresa y quizás podía decir algo de consuelo. ¿Fuiste vos? Me preguntó sorprendido. Sí, le respondí. Después se verá, por el momento hay que parar esto, dijo seriamente como comprendiendo la situación. Me pareció entendible pero mi preocupación aún continuaba. Me mantuve ayudando, y no pasaron más de treinta segundos que lo vi a John hablándole en el oído a Thong. Viejo buchón pensé, una actitud innecesaria porque en ningún momento lo escondí, por algo se lo había dicho (días más tarde John se cortó medio dedo y fue llevado al hospital. Yo no tuve nada que ver). Thong me miraba en medio de toda la catástrofe y me pregunta: “Sherman ¿Fuiste vos?” Señalándome el agua cayendo. Sí, le digo tímidamente. Mordió su labio inferior demostrando fastidio y decepción.

La situación continuaba sin mejorar. Nos mantuvimos debajo del rociador de incendio roto intentando insertar un conducto para desviar el agua, lo cual resultaba bastante difícil incluso entre varios hombres. Para ser sincero, no era que ayudaba esperando que por eso me “perdonaran”, a decir verdad, no pensaba que iban a tener clemencia para conmigo. Lo hacía más bien porque sentía la responsabilidad de haber ocasionado su rotura. Aún así no sentía que tenía la culpa de que eso haya pasado. No había sido por negligencia sino porque la mierda esa la metieron en medio del estante imposible de ser vista. No podía parar de imaginarme a quienes pusieron ese estante en ese lugar sin importarles y pensar las consecuencias que podría ocasionar. También me tranquilizaba que había sido una tarea asignada, me habían dicho de hacerlo y lo hice como me dijeron, y eso aliviaba mi sentimiento de culpa. Mi pregunta era si la empresa iba a contemplar eso o simplemente me iban a tomar como una mano de obra descartable. Pensaba en opciones, quizás podía cubrir el costo de mi error y seguir trabajando pero arreglar eso iba a costar más de lo que yo podía ganar en un año. Entendía que dentro de toda la situación lo peor que podía pasar era que me despidieran por lo que no era lo peor del mundo y eso me serenaba.

Mi cara siempre expresó preocupación por más que a veces me contagiaba el entusiasmo de los que la estaban pasándola bien, sobre todo si estaba Thong quien no podía mirarme a la cara. Algo que quizás es muy obvio pero es importante mencionar es: Si alguien comete un acto, la diferencia recae en cuál fue su intención. Por ejemplo si estamos en el auto conduciendo y nos pasa otro vehículo a toda velocidad por un costado el cual nos pone en peligro, la primer reacción de cualquier puede ser enojarse y putearlo. Pero qué pasa si sabemos que la imprudencia del otro automóvil se debe a que está en una emergencia y tiene que ir al hospital por cualquier causa justificada, pues eso hace distinta a la situación porque en vez de enojo puede generar conmisceración. Aunque poner carita de “Mi pobre angelito” no iba a hacer la gran diferencia, al menos era algo. Cuando todo empezó a estar bajo control Thong me preguntó qué pasó y le conté lo sucedido, mostrándole en otra oficina dónde había estado ubicado el extinguidor de incendios y por qué no lo había visto. Entendió cómo fue la situación y me dijo que continuara con otra tarea.

A veces me mandaban a llamar, cada vez que lo hacían pensaba que era para que tomara las cosas y me largara, pero extrañamente siempre era para seguir ayudando en otro lado. Cortaron el agua y ahora tocaba secar. Se podía observar oficinistas asiáticos con sus cámaras filmando el lugar. Al poco tiempo llegó Zowen, el dueño de la empresa, yo ya me imaginaba a las piñas con el tipo pero su expresión era completamente relajada y eso me calmó aún más. Me mandaron a vaciar los tachos en la planta baja, me quedé trabajando mientras todos tuvieron el break. Comenzaba a ver más relajado a Thong. Eso aún no significaba que no me iban a echar sino que lo más posible era que el cliente si hiciera cargo por haber un extinguidor de incendios en dónde no debía estar. Nadie me decía nada, me dejaron solo abajo y trabajando, como si estuviera en penitencia. Me sentía algo desconcertado, no estaba seguro qué iba a pasar. Luego me mandaron arriba, compartiendo el ascensor con Thong y Zowen, ambos estaban tranquilos. Pedí disculpa por el suceso. Zowen permaneció en silencio. Thong respondió: “Dont worry, shits happens” (No te preocupes, cosas que pasan). Una simple frase, que dado el contexto, generaba bastante comprensión. Supuse que no iba a perder mi trabajo después de todo.

Ya habían pasado unas cinco horas de todo el suceso y aún todos mantenían la emoción en sus rostros. Para mi sorpresa, mis compañeros me preguntaban si estaba bien, pensé que no contemplaban lo difícil que había sido para mí, al parecer la cara de “mi pobre angelito” había funcionado. Pero no me mal interpreten, no había sido una máscara falsa que usé por la situación ya que sentía como mis ojos estaban más húmedos de lo normal y eso no era algo que pueda simular. Aún sentía el peso de la tragedia y aunque sabía que no había sido mi culpa, yo lo había ocasionado. Esta sin duda me había resultado una de las noches más cortas, y nunca más volví a repetir aquella frase con la que comencé la jornada laboral.

Al día siguiente volví al trabajo, pero al piso 28, donde estábamos anteriormente y me puse a barrer como sabía hacerlo. A todos los que subieron al piso 36 les advirtieron que revisaran bien antes de sacar cada estante y fue así cómo descubrieron otros tres extinguidores de fuego fuera de lugar. No hacía mucho que había comenzado a trabajar en esta empresa, pero a nadie le había costado aprender mi nombre, todos sabían quién era. Sin embargo, creo que después de esa noche, todos me recordarían para siempre.

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