sudeste asiatico

Mi primer día en el Sudeste Asiatico

Caminaba por la puerta de transbordo apenas salido del avión. Podía sentir el calor, que a pesar de no ser abrumador, hacía tiempo que no lo experimentaba. Venia de Nueva Zelanda donde había nieve y Australia, en Melbourne, donde la noche anterior dormí con dos sábanas gruesas para pasar la noche. Me sentía emocionado de estar pisando suelo Asiático por primera vez, y al mismo tiempo, agotado por el viaje en avión, sumado al no haber dormido ni comido nada.

En realidad, a pesar de que tenía decidido ir a Asia desde los inicios de mi viaje, el ir al continente surgió de manera espontánea. Se suponía que iba a quedarme un mes o dos más en Australia por un trabajo que no se dio. Por lo que, ante la situación, me fui. Me fui sin sentirme del todo preparado. ¿Me iba a poder arreglar sólo con el idioma inglés? ¿Me harían problema por la visa? ¿Habría centros de información para ubicarme en el país? No tenía ni una sola divisa de aquel país e imaginaba que no me iba a poder manejar con mi tarjeta de débito.

Cuando iba en búsqueda de mi mochila, a mis alrededores escuchaba idiomas sin precedentes. Acostumbrado a que los bolsos aparezca al instante, en esta ocasión se demoraron como 40 minutos. No me sentí impaciente, no me resultó raro. Salí del edificio y fui en busca de un bus que me llevara a la ciudad. No me gustan los taxistas, sé que es un prejuicio, pero siento que siempre intentan estafarte y mentirte. Apenas atravesé la puerta de salida del Aeropuerto, cientos de tipos mirándome e inquiriéndome: “Taxi, taxi, taxi”. Algunos movían sus manos para los costados como si condujeran un volante. No, gracias, les respondía en inglés. Su manera desesperada de zambullirse a la búsqueda de un pescado grande me generaba aún más desconfianza. Algunos me perseguían y decían: “Cheaper, cheaper” (barato, barato). Lo cual no les creía. “Where you going?” (¿Dónde usted va?) – me preguntaban. I don’t know! (No lo sé), respondía. Y era cierto, llegué a Bali sabiendo simplemente que es una isla de Indonesia. Me sentía perdido y desorientado, sin tener una idea de dónde estaba ubicado. Los tipos se empezaron a sentir descolocados ¿Cómo que yo no iba a saber a dónde iba? Por lo que me empecé a preguntar a dónde me convenía ir. La mejor opción era ir al centro de la ciudad. Y ante su insistencia, que actuaban como si me ofrecieran el taxi para ayudarme, les retrucaba preguntándoles directamente: Where is the bus? (¿Dónde está el colectivo?). Bus? There no bus here (¿Colectivo? No hay colectivo acá) – respondían, y se iban. Si tanta desesperación tenían por ayudarme que lo demostraran. Era obvio que me veían como una billetera más que como una persona, pero al decir verdad, yo no los veía ni como personas ni balineses, sino como taxistas.

Sabía que no me iban a ayudar pero al menos servía como repelente y a cada quien se me acercara le preguntaba lo mismo: ¿Dónde está el bus?. “No bus here” – decían, y huían del lugar para no ayudarme. “Cómo que no iba a haber un bus” – Pensaba. Empecé a preguntarles a personas del lugar que no intentaran venderme nada. Antes de iniciar la conversación comenzaba a preguntarles si hablaban inglés, lo hacía porque me parece mal llegar a un país pretendiendo que hablen el mismo idioma que yo, pero la realidad era que no sabía ni decir hola balinés. Un hombre que trabajaba en el estacionamiento me llevó hasta la parada de bus, un lugar dentro del aeropuerto sin señales ni nada, simplemente había un par de personas esperando, así que hice lo mismo. Me continuaba doliendo la cabeza y por mis adentros me decía: “Pronto voy a estar en un hotel, pronto…”

Aún era de día y tenía varias horas hasta que oscureciera, me pase como 45 minutos esperando sin que nada viniera. En mi espera, cada taxista que pasaba me tocaba bocina y acosaban para llevarme. Me sentía como una chica sexy en un boliche bombardeada por hombres que intentaban aprovecharse de mí. Ni siquiera los miraba, ya no me daba por aludido, al menos que frenaran y con cara de poker negaba con mi cabeza. Estaba perdido, aumentaba paulatinamente el hambre y el sueño así como mis dolencias, pero la situación podía estar peor por lo que no me quejaba. Comenzaba a preguntarme si no era mejor tomar un taxi, incluso estando en el centro de la ciudad, no sabía que iba a poder hacer desde ahí. Era consciente de que estaba negado y a la defensiva frente a los taxistas, y tenía mis razones para estarlo, pero comenzaba a preguntarme si no era una actitud poco sensata al no tomarlo. Mientras me detenía a pensarlo, cruzaban una pareja de viajeros. Los detuve y les pregunte sobre su plan. Siempre que detengas a extraños, lo primero que se van a preguntar es: ¿Por qué lo esta haciendo? Por lo que les admití en primer lugar que me encontraba perdido.

Eran dos holandeses, me dijeron que tomaban un taxi pero alejados del aeropuerto ya que en la entrada se aprovechaban. En el transcurso de nuestro camino los taxis frenaban en medio de la ruta sin importarles que hubiera otros atrás. Nos subimos con uno que aseguro prender el contador y nos fuimos para el centro de Kuta, que es un lugar turístico próximo a la playa. Durante nuestro viaje en el taxi los holandeses me contaban acerca de cómo desde el avión pudieron ver el volcán activo que se encuentra en Bali, mostrándome fotos bastante interesantes. Durante el camino se podía observar la alocada manera de manejar que tenía los vehículos. Incluso comparándolo con Buenos Aires resulta una locura. Motos por doquier, cruzándose en los caminos e incluso de contramano. Conducían como verdaderos suicidas, y yo pensaba que los kamikases existían sólo en la cultura Japonesa. Me desplomé en el asiento del automóvil, sujetándome la cabeza que aun me dolía, aunque estando un poco más relajado, al menos, había salido del Aeropuerto.

Al lugar de destino, sólo me costó un dólar y medio, lo cual estuvo bastante bien. Busqué un hostel el cual se ajustara a mi presupuesto. Al encontrar uno, me atendió un balinés muy cordialmente. En un principio lo miraba entre cejas, viendo si se quería aprovechar. Sin faltar el respeto, mantengo la seriedad. Como es debido, me mostraba los precios en papeles, que es algo que siempre pido. Mientras me cobraba e imprimía el recibo, podía ver una novela en una televisión, a sus espaldas. Las actuaciones me resultaban muy graciosas, era algo así como las telenovelas de Thalía en “Marimar” o “Maria la del barrio” en los 90´ (algo así como la maldita lisiada). Al pagar y darme la llave me despide juntando sus manos en forma de replica mientras me sonreía. Yo en respuesta, levante mi brazo junto a mi dedo pulgar y una sonrisa. Lo hice inconscientemente pero instantáneamente me percate de esa diferencia cultural, oriente y occidente. Al entrar en mi cuarto, pude observar las camas adosadas a la pared, una encima y al lado de la otra, como si se tratara de una sucesión de cuchetas. De alguna forma era como dormir en estantes. Resultaba muy interesante verlo y cómodas. Integradas con enchufes y mesas por dentro como si fuera una cueva con todo lo necesario, con una cortina para encerrarme. Me encontré con el problema de que los adaptadores son diferentes y tuve que comprar uno nuevo. Reposé mi cabeza en la almohada y me dije: ¡AL FIN LLEGUÉ! Fue exactamente en ese momento en que escucho a un mosquito pisteandóme como una fórmula uno por mi oreja. Hacía bastante que no me encontraba con uno, y créanme, no los extrañaba. Cerré mis ojos y durante un rato caí dormido, como un guerrero exhausto después de una dura batalla (incluso pueden visualizarme raspado y sangrando. Con la ropa rasgada y una espada a mi lado. Las piernas y brazos extendidos, rendido. Siendo filmado desde arriba mientras la cámara se aleja para darle más dramatismo a la escena).

Desperté al poco tiempo y salí a la noche para comer algo. Cuando caminaba por la calle las motos me seguían fascinando. Jamás en mi vida había sentido tanto miedo en cruzar la calle, incluso se ponen a andar en la vereda. Los motociclistas parecen monos con navajas, un peligro total. La línea blanca para cruzar parece estar sólo de adorno, y a veces la vereda termina abruptamente o queda bloqueada (como por motos estacionadas). Los taxistas y motos continuaban tocándome bocina uno tras otro, pareciera que me veían inválido por su insistencia. Cuando caminaba por la calle principal, me crucé una pareja que iba hablando español con un acento muy familiar. Les pregunté si eran argentinos y efectivamente lo eran. Nos fuimos juntos y comimos unas pizzas. Ellos habían viajado en el mismo avión que yo. Nos pusimos a charlar y hablamos sobre nuestra experiencia del día, me contaron que pagaron veinte dólares por ir a su hotel y solo pretendían viajar por 5 días en Bali. Ambos se sorprendieron cuando les dije que este iba a ser mi primer día en uno o dos años de viaje por Asia. Esa noche me fui a dormir temprano. Demasiada aventura por un día. Me tumbé nuevamente en mi cama y me desvanecí como si no hubiera dormido en cien años, aunque solo habían pasado dos horas. Luego de doce breves horas desperté desorientado. ¿Dónde estoy?

Ah, sí, en el Sudeste Asiático…

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