mundo Salvaje

Un mundo Salvaje, Malasia

Cuando llegué a Singapur desde Indonesia me sentía colmado, agotado y hambriento. Me habían robado, mi barba era larga como nunca antes, había bajado unos 8 kilos y el viaje había sido muy solitario, sin contar que casi fui extraditado de aquél país por ilegal. No es que todo en Indonesia haya sido malo, también pasé muy buenos momentos y aprendí mucho, supervivencia sobre todo. Cuando llegué a Singapur necesitaba un descanso, y uno bastante largo.

Viví en aquél país 74 días, y me encantó. Lo cierto fue que era mi plan quedarme un largo tiempo, pero también era verdad que suponía que los demás países de Asia iban a ser lo mismo que Indonesia, y eso me dificultaba la idea de volver a salir. 

Than, el hombrecillo que me había hospedado en su departamento apenas llegué a Singapur, me contó lo peligroso que era Malasia y que una noche fue rodeado por varios hombres y le vaciaron su cuenta bancaria. Mike era otro que me solía decir repetidas veces que en Malasia la gente portaba armas y que tuviera mucho cuidado. Desde ya sus comentarios los tomaba entre comillas ya que si te acostumbras a vivir en Singapur cualquier país puede parecer peligroso, incluso los que no lo son.

El 4 de diciembre, ya habiendo recuperado mi peso normal, con el pelo corto y sin barba, decidí partir. Me coloqué mi gran mochila sumada a otra más pequeña. Abandonaría la civilización, por lo que envainé en mi cintura una espada para partir hacía la lucha y así dirigirme hacía Malasia… “Un mundo salvaje”. Tomé un colectivo local que me dejó en la zona limítrofe entre Singapur y Malasia y para poder así sellar mi salida. Luego retomé la misma línea de colectivo hasta cruzar el puente que separa ambos países y quedé en la terminal. La infraestructura de todo lo que había sido el camino, tanto el puente como la terminal y edificios alrededor, era bastante buena, aunque imaginé que se debía a que estaba cerca de Singapur. Luego me dirigí hacía migraciones para completar el trámite de ingreso a Malasia.

será porque nunca averiguo muy bien los requerimientos y cuando estoy en la fila para entrar al país comienzo a preguntarme si me faltará algo. Por suerte pasé con facilidad, y al hacerlo, veía a pocos metros que había la máquina de rayos X para revisar el equipaje. Podía observar pasar a todos los pasajeros por al lado de tal maquina sin detenerse. Le pregunté a las mujeres de seguridad si debía pasar mis mochilas por los rayos y una de ellas sorprendida respondió que sí. Aunque gracioso, me pareció un poco ridícula la situación.

Desde aquella terminal creí que podría tomar el próximo colectivo hacía Kuala Lumpur, pero me informaron que debía tomar un bus hacia otra parada cercana para poder hacer eso. Me resultó un poco raro. Me dispuse a colocar mi mano en la larga espada sin desenvainar, preparándome para la lucha y haciendo algunas preguntas para indagar la veracidad de la información recibida, sin embargo, parecía que no me habían mentido y me subí al bus que me llevaría hasta la susodicha parada cercana.

Al igual que en mis viajes por Indonesia, viajé con todos locales. Al estar próximo a llegar le pregunté al chófer para confirmar si debía bajarme allí y efectivamente era así. El chofer le dijo a otro hombre, quien estaba junto a la puerta del vehículo al momento en que yo descendía, hacía donde me dirigía y me dijo a mí que lo siguiera porque él me indicaría cuál era el camino. Aunque no me gustaba mucho la idea lo hice. Caminé detrás de ese hombre, desconfiando de él, ya que varias veces me había sucedido en Indonesia para que les compré el pasaje a precios inflados, nuevamente tomé el puño de mi espada para prepararme.

El hombre entró a una oficina y comenzó a escribir en un ticket sin preguntarme nada. Seguro me quiere engrupir pensé para mis adentros, considerando mi pensamiento como suficiente evidencia para cortarle la cabeza o al menos una mano (siendo más misericordioso). Le pregunté si el pasaje que estaba confeccionando era para Kuala Lumpur y me respondió que sí. Luego le pregunté a cuál era su valor y me dijo el mismo valor del cual ya me había informado previamente. Sorprendido y aunque dudoso acepté lo que decía y compré el ticket.

Se suponía que el bus vendría a los 15 minutos, pero demoró más de una hora por lo que imagine que las 5 horas que me habían dicho que duraba el trayecto sería un dato erróneo también, sin embargo, no fue así, las autopistas eran increíbles y el viaje muy pacífico y tranquilo. Cuando llegué a Kuala Lumpur, en la terminal me encontré con un centro de información al turista. Yo no lo pude creer, este país a cada rato me sorprendía aún más. Me dijeron que debía tomarme un tren y así llegaría cerca del hotel que había reservado.

En el camino me perdí un poco y le pregunté a una chica local para que me diera algunas indicaciones, quien se ofreció para acompañarme porque iba hacia el mismo lado. Se llamaba Vela y me dijo que sabía algunas pocas palabras en español que había aprendido al ver telenovelas latinoamericanas como “Betty la fea”. Cuando viajábamos en el tren hablando, en un momento ella interrumpe la conversación tocándome por debajo de un ojo con su dedo y preguntándome si eran de color natural mientras me miraba directamente a mi pupila con una amplia sonrisa. “Por supuesto”, le dije sorprendido. “Son tan extraños”, exclamó ella sin dejar de mirarme. Yo sentía que esta chica se estaba enamorando. Arribé a la estación de mi destino y le agradecí a Vela su gentileza, despidiéndome allí de ella.

Era de noche, horario en que nunca me gustó llegar a una nueva ciudad. Caminé por las calles oscuras y sucias en dirección al hostel, intentando encontrar su ubicación. Llegué, preguntando durante el trayecto, y me atendió la recepcionista. Me resultaba gracioso verla mientras me hacía el “check in” porque era el mismo trabajo que yo hacía en Singapur, sensación que también me ocurre cuando veo una construcción. La recepcionista me señaló mi cuarto y luego hablamos un rato. Bueno en realidad ella hablaba demasiado y aunque en varias oportunidades intenté cortar la conversación, ella la reiniciaba con algún nuevo comentario. Se me acercó y tomó mi cabello preguntando: “¿Es natural?”. Yo reí por dentro. “No”, le digo bromeando, me lo pinto de coqueto respondí. Ella me miraba sin saber si creerme o no.

En mi cuarto conocí a otra chica, Paulina, una chilena que también se destacaba por la cantidad que hablaba. Al día siguiente arreglamos con ella para cenar en el mercado central. Yo terminé mi plato en unos 20 o 30 minutos, pero ella se demoró casi dos horas con todo lo que me contaba. “Yo ya estoy acostumbrada a comer la comida fría”, me decía, algo que a mí ya me inquietaba mientras repicoteaba mi cubierto contra la mesa. Comenzó a contarme que a ella le encantaban los argentinos y que hacía tiempo ella conoció a uno que tenía el proyecto de visitar a su hermano en Estados Unidos, viajando en bicicleta desde Argentina pasando primero por Chile.

Paulina: Él componía música, y le compré un disco suyo, y después de eso nunca más lo volví a ver. Luego de varios meses, ordenando mi cuarto me encontré con su disco y me pregunté qué sería de él y su viaje, así que lo busqué por internet ya que tenía un blog. ¿Sabes lo que le pasó?,

Yo pensé, le habrá ido bien con la música y se hizo popular, pero mi respuesta fue:

Yo: ¡Se murió en medio del camino!

Paulina: … “¡Sí!”, (me respondió con sus ojos bien abiertos). Desapareció en Chile y nunca más lo encontraron. Aún su familia lo sigue buscando.

Yo: ¡Mierda!

Me recorrió un escalofrío por el cuerpo, pensando en cuales podrían haber sido sus últimos momentos de agonía. Era inevitable dejar de pensar que a mí también podría sucederme algo parecido ya que soy otro viajero.

Yo: Qué historia más triste.

Paulina: Sí. La gente suele decirme que soy valiente por estar viajando sola, aunque yo no lo veo así, pero cuando te enterás de noticias así te genera un poco de miedo.

Yo: Sin duda, pero son cosas que pasan, hay que tener mala suerte para terminar así. Aunque me aterré morir es sólo una cuestión de tiempo.

Paulina: Sí, a mí me es difícil pensar en mi propia muerte. Pero mejor morir viajando que ahogado

Yo: Podrían ser ambas.

Paulina: ¡Cierto! Mejor morir viajando y ahogado que sólo ahogado.

Yo: ¡jaja ok! ¿Por qué ahogado?

Paulina: La considero una de las peores formas de morir, así como quemado.

Yo: Viajando sería una de tus favoritas, algo así como teniendo sexo, ¿no?

Paulina: ¡Jajaja! Si.

Yo: Por favor, si un día te acordás de mí, jamás me busques en mi blog.

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