diferencias culturales

Diferencias culturales

Estando en Indonesia a veces puedo sentirme en otra realidad, como en otro tiempo en el pasado, sumado a sus diferencias culturales. Ya sea por la fuerte presencia de la religión musulmana, donde se puede escuchar a los imanes (denominación equivalente a sacerdote en el islam) de cada mezquita (templo en donde se reúnen los musulmanes para orar) orando formando un coro que se escucha de manera masiva en toda la ciudad, en cada uno de los cinco momentos del día destinados a la oración. Por estar las mujeres obligadas a transitar con las cabezas cubiertas, que habla mucho de la desigualdad entre sexos. Por las grandes cosechas y siembras que puedo observar a ambos lados de los caminos y ver a la gente trabajando con herramientas rudimentarias, hundidos en el barro. Por las carreteras destruidas y los viajes interminables. Por ver gente viviendo en sus chozas precarias, rodeados de animales de granja, agua estancada y basura. Por el hecho de que acostumbren a comer con las manos, y la más inaudita, porque no existan inodoros sino pozos, como en las épocas medievales, que hacen que uno se vea forzado a adoptar posiciones que jamás imaginó.

A medida que fui subiendo hacia el norte del país, menor fue la cantidad de turistas que pude encontrar y mayores fueron las diferencias que pude observar. En Sumatra transité más de la mitad de la isla sin ver un solo forastero, y eso me convertía en alguien único en el lugar. Parecía como un ser de otro planeta, en muchos sentidos. La gente me miraba y me trataba diferente, como si fuera alguien importante para ellos. Mostraban una actitud de desmesurada adulación, y de ahí que tantas personas fueran tan hospitalarias, y que otra, quisieran sacar provecho. Ya había mencionado que solían llamarme “Mister”, o sino también, forma que me gustó más, “Sir”, que me hizo sentir una especie de caballero feudal de aquellos tiempos. Personalmente me resultó muy divertido salir a caminar en la calle, y mirar las expresiones y reacciones de la gente cuando me veía pasar, sin importar que fueran hombres o mujeres. Si lograban superar su natural timidez, me gritaban “Mister” para saludarme, a lo cual siempre respondí con una sonrisa afable y saludando como lo hacen las estrella del espectáculo a sus fans (así es como me tratan). Era muy frecuente que las personas se quedaran mirándome fijamente. Generalmente no soy de responder a la mirada directa al menos que me quedé en un sitio y empiece a sentir la incomodidad de tal tipo de observación, por lo que cuando respondo a ese tipo de mirada, quienes me están observando suelen mirar a otro lado. Pero hubo ciertas ocasiones en que he estado esperando en ciertas locaciones, y particularmente en el caso más específicamente de hombres, se paraban a mi lado mirándome fijamente. No lo hacían de manera desafiante sino más bien con una sonrisita picaresca, como de encantados o curiosos quizás. Supongo que es algo cultural. El punto es que se quedaban mirándome durante un largo rato hasta que yo llegaba a sentirme algo incomodo y en ese momento les devolvía la mirada, y sin embargo seguían ahí estáticos, sonriéndome. Yo luego, hacía un gesto de salutación con la cabeza, sonriéndoles, y luego miraba para otro lado ya que yo desconocía el idioma indonesio y ellos no hablaban inglés. Pero así podían pasar otros 20 o 30 segundos más, y cuando vuelvía a mirarlos seguían en la misma posición, como si estuvieran congelados, con su sonrisita. Yo aún más incómodo, con una leve sonrisa hacía un gesto con mis manos como preguntando: ¡¿Qué onda?! ¡¿Qué te pasa boludo?!. Pero en respuesta, seguían ahí, parados y observando… con su casi eterna sonrisita. Sinceramente lo que estaba pasando por sus mentes en esos momentos está fuera de mi comprensión hasta el día de hoy. Solía pensar que me pedirían fotos para subirlas a sus facebook mencionando que encontraron un extraterrestre caminando por la calle, pero ahora pienso que no, que simplemente podrían pasarse un día entero mirando esa foto, contemplando a este ser tan extraño.

Cuando llegué a Sungaipenut alrededor de las 10pm, me hospedé en un hotel que carecía de cualquier tipo de atractivo. Pagué para quedarme una noche, para después decidir si el lugar daba para estar más tiempo. Pregunté al dueño si había algún restaurant cerca, pero respondió que a esa hora permanecían todos cerrados. Me preguntó qué me gustaría comer, y le respondí que cualquier cosa me daba igual. Me dijo que me iban a llevar algo a mi habitación, y así lo hicieron, aunque para mi sorpresa eran 3 bananas. No era lo que esperaba para una cena pero estaba bien. Ese hotel tuvo la peculiaridad, a diferencia de otros hoteles, de que pude entrar en contacto con la familia del lugar y terminar quedándome ahí por cuatro noches. El dueño se llama Albi, un indonesio algo bajito, gordito y muy simpático, con un conocimiento del idioma inglés regular. Alguien muy respetado en el hotel y quien tenía además otro negocio con un turco que había recorrido todo el mundo. Albi me tenía un sumo respeto, como si fuera su único cliente… bueno en realidad lo era, pero se notaba que no vivía de su hotel sino de su otro negocio en donde tenía a decenas de trabajadores metidos en un cuarto haciendo cosas que nunca pregunté. Albi puso a mi disposición a un chico llamado “Al”. Al tenía alrededor de 15 años, alguien que casi no hablaba en inglés y que se la pasaba fumando como un desgraciado, algo bastante común en indonesia. Él junto a otro chico eran los encargados de hacer las tareas básicas en el hotel. A partir del segundo día, Albi me invitó a comer con su familia, algo que resultaba muy interesante. Conocí así a una de sus hijas, una niña de 10 años bastante bonita con un dominio del idioma inglés no del todo malo, sobre todo teniendo en cuenta su edad. Ella me traducía lo que decía su abuela a quien parecía molestarle que yo no hablará indonesio. La abuela era una viejita simpática que me conversaba mucho, pero nos entendíamos poco. A veces intentaba hablarme en inglés y me hacia acordar a mi vieja por su diálogo al más puro estilo Tarzán. No lo digo juzgándola, porque justamente yo no hablaba indonesio y me consideraba en falta por eso, simplemente porque me resultaba muy gracioso. Tanto la hija como la abuela de quienes no recuerdo sus nombres, porque me resultaban tan complicados que los olvidaba en breves segundos (y en esto no bromeo). En frente mío comía un hombre de edad avanzada, con quien nunca hablé y jamás pronunció una palabra. Al, el chico, después me contó que es muy común que los musulmanes cuando comen, coman, y no hablen. Después había otro hombre, sentado a mi lado quien me hablaba y cada tanto eructaba como si nada. Nadie se inmutaba, por lo que, al menos en la mesa debía ser algo bastante normal. Escuché decir por allí que en los países árabes es de buena educación eructar en la mesa porque significa que la comida resultó satisfactoria, pero no tengo idea si en este país tienen las mismas costumbres. Si fue así, al hombre le encantó la comida. Sobre la mesada siempre se encuentran bols con agua así la gente puede limpiarse los dedos después de comer. Apenas inicié el comer con ellos, intenté hacerlo con mis manos, porque me resultaba interesante seguir sus costumbres, pero no pasó mucho tiempo hasta que me dieron cubiertos para que continuara comiendo con mi estilo occidental, algo que sin duda preferí.

La admiración del niño Al me la gané el primer día en que llegué, no había lugar al que yo quisiera ir que él no qusiera llevarme con el scooter (motocicleta). Al tercer día le pregunté a Albi si podía tomar a Al para que me llevará a un paraje en lo alto de una montaña no muy lejos de la ciudad llamado: ”Butik khayangan”. Cuando Albi se lo mencionó a Al para que lo hiciera, al niño le brillaron los ojos y me miró con la carita de embelezado que los indonesios suelen poner. Se ve que le había gustado que lo eligiera. Cuando íbamos en la moto Al me hizo algunas preguntas, de esas que me solían hacer los lugareños y que no eran sobre cuestiones monetarias. La primera fue la típica pregunta incomoda: ¿Qué te parecen las chicas de indonesia? EEEeeeeeeeeeeeeeeehhhmmmm, si son lindas… Y mis ojos se desviaron hacia cualquier lado con cierto nerviosismo. Luego al continúo: Sir, ¿Estar casado? No, respondí. Por más que yo pueda sentirme joven para estar casado, creo que no lo es así para esta cultura. ¡Oh!, me dijo, ¿Y a qué edad te pensás casar? Una pregunta que me resulta tan extraña como graciosa y que tampoco es la primera vez que me la hacían en indonesia. “No lo sé, le respondí, en realidad no es algo que se pueda estipular, eso dependerá a qué edad me enamore”. A decir verdad, tampoco sé si realmente quiero casarme. Una de las fantasías sexuales más grandes que tengo desde pequeño, es pasar el resto de mi vida con una sola mujer, pero eso no significa que sea casándome. No me parece algo necesario. Pero eso no era algo que tuviera que explicarle a Al, en realidad no creía que lo entendiera ya que era muy complicado para hacérselo entender en inglés. Inclusive todo el dialogo anterior tuvimos que repetirlo varias veces ya que no nos entendíamos a la primera. Pasamos un largo rato juntos, en la cima y después volvimos. Le pregunté si sabía dónde se podían conseguir unos Murtabak Manis que son unos bizcochos con chocolates que me gustaron bastante. Me dijo que sí y me llevó a un puesto en la calle en donde compramos uno y luego nos volvimos al hotel. Ese fue el último Murtabak Manis que comí por el resto de mis días, no sé que tenía pero me cayó mal y lo vomité horas más tarde dejándome al día siguiente en cama todo el día. Fue extraño porque no me sentía enfermo pero si sumamente cansado, débil, pero sin dolores. Me levanté en algún momento de la cama y le pedí a la abuela si no tenía alguna banana para darme, no sentía que podía comer otra cosa que no fuera fruta. La anciana encantada por complacerme, me hizo seguirla hasta la cocina. Fue cuando empezó a entregarme los plátanos cuando sin previo aviso empezó a tirar gases flatulentos riéndose y agarrándose la panza. Imaginen una señora seria con la túnica puesta como si fuera una monja riéndose de sus pecadillos. Yo reía con ella mientras tomaba las bananas por la situación bizarra que estábamos compartiendo, pero parte de mi risa consistía en no saber si esto era un aprendizaje cultural o simplemente la vieja se estaba cagando.

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