bestia

Calmando a la bestia

Había hablado con un argentino que conocí en Auckland subiendo la Monte Edén, para tomar el ferry desde Wellington a Picton. Su nombre es Álvaro, 56 años, ingeniero agrónomo, soltero. El vino a nueva Zelanda con la intensión de estudiar inglés y luego viajar durante un mes. Un hombre que tuvo mucha experiencia trabajando en el campo con viñedos en Mendoza y otras provincias.

El barco resulto mucho más grande de los que esperaba. Era un viaje de tres horas, pasando por el estrecho de Cook, consideradas unas de las aguas más peligrosas del mundo, aunque para ser sincero, en mi opinión, fue un viaje muy tranquilo. Nos sentamos en una mesada junto a una ventana. El movimiento del barco me hacía sentir como un bebé acunado, lo cual me generaba sueño. Álvaro es una de esas personas que hablan mucho. Según mi forma de verlo, las personas que hablan mucho son así porque tienen una carga encima. Es como si quisieran decir algo pero no lo dicen. Se desvían en temas para no decir lo que realmente quieren decir. Me considero alguien que le gusta escuchar, pero, por alguna razón, Álvaro me aburría. Por momentos perdía el hilo de la conversación, ni siquiera puedo recordar de qué hablábamos. Decidí cambiar el tema de conversación o saltaba del barco, ya había hecho Bungy por lo que no me iba a resultar difícil. Le pregunte cuál era su plan después de Nueva Zelanda. Me respondió que quería trabajar en el campo, ya fuera en Nueva Zelanda o Australia en donde tenía contactos. Pero al continuar la conversación, habló dos o tres veces de sus planes a futuro volviendo a Argentina. Lo interrumpí diciéndole que parecía estar más mentalizado en volver a Argentina que quedarse a trabajar en el continente de Oceanía. El rió y respondió: “Yo quiero trabajar, pero no me gusta hacerme muchas expectativas. Si sale, sale.” Yo no quería ponerme en sabiondo, la realidad es que no era algo de mi incumbencia. Estoy de acuerdo en no poner muchas expectativas cuando deseamos algo, pero eso no quita de poder ponernos una dirección y trabajar en eso que queremos. Si no hacemos nada, definitivamente cualquier cosa que queramos va a ser difícil de conseguir. Le dije mi punto de vista y me dijo estar de acuerdo, pero no sentí que hubiera un cambio de postura y tampoco era mi intención convencerlo.

Nuestra conversación continuó, no sé cuantos minutos más pasaron, pero derivó a que me contara acerca de una deuda que él tenía. Nombró un par de veces eso, y la verdad es que me generó curiosidad. ¿Cómo te endeudaste? Le pregunté. Me endeudé por culpa de mi trabajo, respondió. ¿Cómo es eso? Pregunté nuevamente con cierta intriga. Álvaro comenzó a decirme: Bueno para mis cincuenta años quería hacer una gran fiesta y contaba con un dinero que mi empresa me debía y siempre me lo retrasaban. Creo que mi cara me delató, porque estaba a punto de hablar cuando él continuó. Si yo sé que no debí haber gastado ese dinero si todavía no lo tenía. Asentí con mi cabeza, como si hubiera robado mis palabras. Álvaro prosiguió diciendo: “El hecho era que yo ponía dinero mío para la empresa porque ellos me aseguraban que me lo iban a devolver”. Su pie repicoteaba contra el suelo señalando cierto nerviosismo, mientras periódicamente sacudía su cabeza de arriba a abajo como si quisiera romper una tensión en el cuello. Era un tic brusco junto a un sonido muy fuerte que hacía con su garganta. Álvaro continúo hablando: “Cuando me devolvieron todo mi dinero se había desvalorizado tanto que tuve que vender mi casa para pagar la deuda a mis hermanos”. Yo me considero buena persona, decía, por eso no quería decirle nada a la empresa. Me extraño tal comentario. Yo comencé a hablar: “No significa que seas mala persona por poner un límite a tu empresa, ellos te estaban perjudicando. ¿Durante cuánto tiempo pusiste tu plata?” Durante algunos años, contesto él, riendo nerviosamente. “Más que bueno, soy buenudo (Combinación entre bueno y boludo)”. Mientras movía fuertemente su cuello hacia arriba y abajo. No deberías ser tan duro con vos mismo, lo importante es aprender de eso. El contexto comenzaba a ser un tanto extraño ya que Álvaro me lleva 30 años, pero era como un niño en busca de consuelo, contándole a su padre.

Si igual ya fue, ya pasó, adhirió, yo te lo cuento ahora pero esto fue hace mucho. Aunque a veces me pasa que me pongo a pensar en eso y me digo: “Yo ahora podría tener mi propia casa y no tengo nada”. Sus ojos se enrojecieron y comenzaron a humedecerse… Pero no lloró. Su mirada estaba perdida a un punto fijo. Era como si tuviera un nudo en la garganta. Ambos nos encontrábamos separados por una mesada. Sentía como si tuviera que generar algún tipo de tacto, pero no hice nada. Por dentro pensaba que hay cosas más importantes que tener una casa. Pero inmediatamente me percate que no me estaba poniendo en su lugar. Definitivamente era algo muy importante para él. No es lo mismo no tener una casa, que perder la casa… y no tenerla más. Ambos permanecimos en silencio por algunos instantes. Busqué algo que decir, creo que como hombres siempre tratamos de dar una “solución”. Yo expresé: “A todos nos suceden eventos que no queremos. Si no los podemos cambiar lo mejor es aceptarlo y seguir”. Álvaro asintió con la cabeza y sonrió. “Y si, hay que seguir adelante”, dijo. Y por primera vez parecía estar en calma. Su pierna se detuvo y ya no ajetreaba su cabeza. Era consciente de que la bestia que lo atormentaba estaba en paz. Sabía que no era por lo que había dicho, sino por lo que no… Por escucharlo. Y fue cuando Álvaro simplemente… dejó de hablar.

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